Lo he hecho (confinado)

Las semanas van pasando sin cambios, eternas y repetitivas, como si tuviéramos que fichar cada día en la nada más absoluta. Irá por personalidades, pero yo personalmente llevo regular no hacer nada, y a la vez no me esfuerzo demasiado por hacerlo. Pienso mucho en la poca necesidad de ser productivo, no quiero dedicarme a cosas por las circunstancias, es imprescindible que me apetezca hacerlas. A la vez, me asaltan pensamientos culpables cuando pierdo el tiempo, después de haberlo perdido. Esa hora tirado en la cama mirando al techo y a twitter como un partido de tenis podría haber sido un texto satisfactorio, un tocar la guitarra para tener los dedos ágiles, una sesión de patryjordan de abdominales para bajar la panza que crece, una clase en instagram con mi profe de pilates para no sentirme una basura humana. Qué horror. Sin embargo, me he dado cuenta de que esta sensación de no haber hecho nada también está relacionada con haber hecho cosas que ha hecho mucha gente. Si todo el mundo lo hace, ¿qué sensación queda? Hay normalidades nuevas, tendencias que seguimos como borregos sin darnos cuenta, acciones de pertenencia vestidas de arrebatos o ideas geniales. La cosa es que aunque uno se proponga no ser productivo, la propia vida nos obliga a producir (dinero, contenido, basura, amor, arrepentimientos, comida).

He cocinado mogollón. Eso es hacer algo. No solo he cocinado, sino que lo he subido a Instagram, no vaya a ser que haga cosas y no se enteren los demás. Cuando se me ocurría una receta chula, o algo que no había subido ya, hacía historias paso a paso de mis cocinados. Gracias a esta bobada de subirlo a Instagram, disfrutaba más de las cosas que hacía, me retaba a probar cosas y me he puesto como un zote porque me he entregado al disfrute via comer cerdo. He llenado la capacidad de historias destacadas dos veces con recetas de berenjenas rellenas, burritos, ensaladas de couscous, mangú, pollo relleno, arroz con habichuela, galets rellenos o sandwich de pastrami.

Otro cliché en el que he caído rapidísimamente es el de enredar con el pelo, decolorándolo hasta dejarlo de un rubio que me flipa. Dos meses después, estoy aprendiendo todavía a ser rubio, me miro en el espejo y sigo sorprendiéndome, y me cuido el pelo como una modelo de Pantene. No sé cuánto aguantaré con este lookazo, pero probablemente más de lo que pensaba cuando lo hice, a pesar de que un estilista dijo que no tenía ni pies ni cabeza.

Lo del estilista tiene que ver con otra cosa que he hecho firmemente. Decir que sí, decir que no, me ha venido fantástico, me ha ayudado a conocer algunos detalles borrosos sobre mí. La vergüenza, la inseguridad, la distinción entre mi vida laboral y mi vida. Me escribieron de Vice para contestar unas preguntas sobre mi cambio de pelo y lo hice sin dudar, a pesar de saber que un estilista juzgaría mi tinte casero. Aunque las contesté con sinceridad y lo mejor que pude, reconozco que hasta que salió sufrí un poco por el hecho de haberme prestado a que me juzgaran, a pesar de que era algo ligero y sobre algo tan efímero como el pelo. Uno siempre piensa que le da igual la percepción ajena estando seguro de la propia, pero en día confinados las sorpresas y la ansiedad son constantes, así que supuso un reto. Cuando cliqué en el artículo y llegué a mi parte me puse muy contento porque el estilista habló fatal de mí, me reí y lo compartí tranquilamente, sin que me afectara de ninguna manera. Pequeñas victorias. También dije que sí a charlar un rato en uno de mis podcasts favoritos, Tardeo. Andrea nos juntó a unos cuantos afortunados que estamos pasando el confinamiento en pareja para conversar sobre nuestras experiencias, que acabaron siendo muy entretenidas y diferentes. Otro día le conté cómo iba a afrontar la fase 1, que por la mañana era súper tranquilo y por la tarde se convirtió en tomar cañas debajo de casa por la simple razón de poder hacerlo. Yes, yes, yes.

Otra cosa que se me ocurrió al principio es que podría dedicar tiempo a estudiar catalán. Me bajé Duolingo y estuve algo más de una semana aburriéndome 15 minutos al día en la app para acabar descubriendo que ese sistema de aprendizaje no funciona conmigo (repetir lo mismo todo el rato, hacer loops eternos de frases sin sentido tipo “ell és una poma”, en serio, qué onda) y que sé bastante más catalán de lo que creía, aguantando nivel tras nivel sin fallos y sin aprender nada, más allá de la ortografía de alguna palabra que no me cambió los conocimientos lo más mínimo. Es una vergüenza que no me sienta cómodo con el catalán 10 años después de mudarme a Barcelona, pero llevo ya unos meses descubriendo que es más un tema de ser bobo y no atreverme y pensar que tengo que conocer el idioma a la perfección para hablarlo que un problema de conocimiento. Puedo hablar catalán, creo que no necesito que un búho creepy me lo confirme. Pero lo dejo para cuando vuelva a tener una vida normal.

Lo que sí he hecho y me ha rentado mucho personalmente es leer. Leer mucho, con ritmo, con hábito. Ya leo bastante habitualmente, y aunque los primeros días tuve que forzarme, una vez alcanzada la rutina ya no he parado. He leído variado y ligero, también difícil y escabroso, ficción, no ficción, hypes y cosas pendientes. Me han flipado Una habitación propia (¿hola? no lo había leído, no sé por qué, pero ahí estaba), Herstory (que era un poco mamotreto para leer en la cama, pero a la vez tenía ilustraciones que lo hacían bello y el repaso a la historia de las mujeres es muy exhaustivo), me han gustado mucho Transirak (lo más cazurro del asterisco de Niños Gratis) y Fóllame (Despentes me gusta siempre, aunque Vernon Subutex me sigue pareciendo lo mejor de lo mejor, insuperable), he disfrutado con El tejido de las cosas (está siendo la Era de Lucas / Confeti de Odio) y he sufrido con ensayos en diferentes formas: Tour Vertigo (el sufrimiento de ser músico) y Trabajos de Mierda (lo último que he leído, y en el que no me quiero extender porque acabaría despedido y quemando cosas). El que me ha gustado menos de lo que esperaba pero más de lo que intuía por algunas críticas ha sido Gente normal, que es una lectura agradable pero demasiado obvia con sus objetivos. Ponme un poco de literatura, un poco de misterio, un poco de participar y de descubrir lo que quieres contar sin que tengas que explicitármelo tanto. La serie directamente no la voy a ver (de momento). Leer siempre está bien, y la pila de libros no baja, pero tampoco crece, las entradas y las salidas van equilibrándose. Leer, qué cosa tan gustosa.

Otra cosas que he hecho pero que no son productivas ni creativas ni nada son dejar de beber durante tres semanas (que sobrellevé fenomenal, y que terminaron con la vuelta relativa de la vida social), hacer videollamadas, ver mucho la televisión, escuchar la radio (no podcasts, la radio radio, cosa que nunca he hecho, excepto cuando era adolescente con Radio3), engancharme a las sesiones parlamentarias (mi nuevo vicio, qué diversión y qué informativo todo), escribir de aquella manera en el blog (wow).

Para acabar, voy a reconocerlo, he hecho trampas. Pocas. Pequeñas. Pero necesarias. No las voy a contar, pero sí diré que esas pequeñas aventuras me han ayudado a sobrellevar todo mejor.

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