Ansiedad

Durante el encierro he bajado considerablemente el consumo de podcasts. Antes los escuchaba en mis trayectos rutinarios y en mis paseos de mediodía, pero ahora que eso ha desaparecido, no encuentro muchos momentos en los que estar concentrado en escuchar. Sigo sacando rato para El Programa de Sita Abellán, que además de los divertidísimos EPSA is burning, donde comentan (ejem, sin comentar en realidad) la nueva temporada de Rupaul’s Drag Race, está haciendo algunos programas desde el confinamiento y desempolvando algunos programas inéditos. La charla con Félix Sabroso y Dunia Ayaso es una gozada, por ejemplo. Antes de que empezara el encierro estaba poniéndome al día con el podcasts revelación de 2019, Las Chicas del Volcán. Y uno de los últimos que había escuchado es el episodio dedicado a la ansiedad. A pesar de las cosas terribles que cuentan sobre la ansiedad, a la vez hacen un ejercicio muy útil para aquellas personas que hemos tenido ansiedad: hablar de ello. Y especifican constantemente que son experiencias personales, que no son ley ni norma, y que la única manera de tratar los problemas de salud mental es tratándolos con una profesional.

Tuve mi primer ataque de ansiedad en Lisboa, con 22 años, de Erasmus. Estaba en casa y de repente creí que me estaba dando un infarto, con síntomas inventados por mi cabeza. No sentía el brazo izquierdo, me dolía el pecho. Solo, asustadísimo, en medio de la noche, me cogí un taxi al hospital y allí pasé la noche, esperando resultados de electrocardiograma, con una sensación de cansancio y miedo que espero no tener que volver a vivir. La médica, que me asignaron por ser española (amabilidad portuguesa <3) era una persona muy poco empática, con un semblante de hartazo general. Me trajo los resultados y, casi riéndose de mí, me dio una pastilla, una receta y dijo que era ansiedad, que no me preocupara. Me volví a casa más tranquilo, pero sin poder parar de pensar, confuso y triste. Y, pos supuesto, preocupado. La pastilla hizo efecto, al día siguiente fui a la farmacia, recogí mi diazepam (recogida que incluyó enseñar el DNI, una llamada al hospital y muchas preguntas), me tomé uno esa noche y la experiencia fue tan mala (dormí 12 horas, descansé 0) que no tomé más. Unas semanas más tarde, de visita en Madrid, fui a mi médico de cabecera y con dos o tres frases (lo que me había pasado, y lo fuerte que me daba el diazepam) me recetó sin dudar lorazepam, que me dieron en la farmacia de Majadahonda como si fuera pasta dentífrica y que sí que me ayudó durante un tiempo. Esta facilidad para recetar la recordé también escuchando Las chicas del volcán, que cuentan las enormes diferencias en los sistemas sanitarios nacionales a la hora de enfrentear la salud mental y, más concretamente, la ansiedad. En esa misma visita, mi amiga Ana me dijo una frase que se me ha quedado para siempre: la única forma de tratar la ansiedad es aprender a vivir con ella. Cada ansiedad (y cada maricón) es un mundo, y desde luego esto no es un consejo porque no soy profesional, ni he tirado nunca de uno. Pero esa frase de mi amiga Ana se me quedó fijada como herramienta, y me ha servido desde entonces porque mi ansiedad ha sido siempre puntual y leve, nunca he vuelto a tener un episodio como el de Lisboa. De alguna manera conseguí racionalizar la ansiedad, detectarla rápido para descartar otras cosas que pudieran sugerir los síntomas, y trabajar desde ahí para intentar apaciguarla. He salido de la oficina a dar una vuelta a la manzana, me he encerrado en mi habitación a mirar al techo, me he concentrado en mi respiración. Suerte que han sido pocas veces.

La ansiedad, horror, volvió a la semana de encierro sin avisar y sin motivo claro. Nunca hay un motivo claro para un ataque, la maldad de la ansiedad es que aparece por sorpresa. Pero tuve un ataque de ansiedad mientras hacía algo tan común estos días: una videollamada. Qué cliché la ansiedad en tiempos de pandemia. Mientras notaba la ansiedad subiendo, con una cerveza en la mano, me vi en una situación completamente nueva: había lidiado con esto en otras situaciones sociales, pocas veces, pero lo había hecho. Nunca durante una videollamada (¿esta era mi sexta videollamada ever?). Ese día no pude, creo que ni lo intenté, encontrar el motivo. Estaba de viernes, con gente que conocía, hablando de chorradas, bailando, haciendo contacto social. No tuvo nada que ver con lo que estaba pasando ahí, imagino, quizá la pantalla partida con las diferentes casas, con las caras mediadas por la tecnología, me dio bajón y se manifestó en no poder casi ni respirar. Lo bueno es que en ese contexto irse es sencillo, me despedí como pude (sonrisa helada, mano diciendo adiós, desoyendo algún “pero no te vayaaaas”), sin dar explicaciones. Cerré el ordenador y me metí en la cama a intentar que pasara. Desde entonces, la ansiedad ha amenazado con volver, no acabo de hacer rutina encerrado más allá de bajar al súper cuando se me acaba el agua. También he reducido el número de videollamadas por miedo a que vuelva a pasar. Tendré que atreverme, porque las pocas que he hecho no han tenido ese resultado. La cabeza me dice que lo más importante es analizar y encontrar una serie de cosas que me ayuden a mantenerme estable emocionalmente, pero a la vez esa misma cabeza está en todos los sitios a la vez, y con una capacidad casi nula de concentrarse en algo. Sí que he conseguido estar alerta de los posibles detonantes, pero es agotador.

No quiero darle más vueltas, nada más quiero dejar esto escrito para acordarme de mi propia ansiedad. No quiero sacar lecciones de aquí, no quiero salir de esto siendo mejor persona, ahora mismo lo último que me interesa para estas semanas es estar tranquilo, bien conmigo y mi familia, no quiero forzarme a seguir los eventos y las inercias sociales, ni producir más, ni ser más creativo, ni aprovechar el tiempo, ni leer el triple de libros. Tampoco quiero hacer pilates ni zumba en mi salón, en condiciones reguleras, ni que me de el sol 15 minutos al día ni que bajar a la compra sea una alegría por el hecho de caminar (a mí me flipa hacer la compra, es mi tarea doméstica preferida). Solo quiero que termine, aunque lo haga como la ansiedad llama a la puerta, de repente y sin que lo esperes. Nada me haría más feliz. No quiero estar asustado.

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