Guía (íntima) de Lisboa

Siempre tuve claro dónde quería pasar mi curso Erasmus. Había pasado varios veranos en Lisboa con mi familia de pequeño (concretamente en Caparica) y siempre me atrajo Portugal. Un país pequeño, aislado, que debería ser nuestro hermano, pero que no lo es porque hemos sido (y seguimos siendo) bastante soberbios los españoles. Ellos, decidieron que lo interesante lo encontrarían lanzándose al mar, y ahí están con sus lazos con Inglaterra, sus descubrimientos africanos, su Historia de viajeros incasables, de apertura total al mundo desconocido. En 2004 por fin llegué y pasé 10 meses en los que conocí a gente maravillosa, me lo pasé muy bien, aprendí un idioma, aprendí a vivir solo y descubrí que Lisboa es maravillosa para ir de visita, pero que vivir allí es un poco bluff. Tras regresar me prometí que volvería al menos una vez al año, y lo hice en 2005, 2006 y 2007, pero mi yo del 2005 no sabía que mi yo de 2008 sería pobre y miserable. Y no regresé.

En 2015, por fin, he vuelto. Y la vida es bien diferente: he ido con mi novio, con 33 años, fuera de temporada, relajado y con ganas de nostalgias. Y me he encontrado casi casi la misma ciudad (Lisboa no cambia, la limpian, la destruyen, la vuelven a limpiar, pero todo permanece). Es curioso que las recomendaciones que hacía a mis amigos hace casi una década siguen sirviendo para hoy. Y eso hicimos, seguir mis recomendaciones y añadir cosas nuevas. Como no es una guía de viajes, ni Lisboa una ciudad con cosas imprescindibles, esta entrada será una visión íntima, privada casi, de una ciudad que está construída para ser vista, donde cualquier rincón es bello, y donde uno siente una sensación de sosiego como en ninguna capital europea (toma afirmación, no conozco tantas). Y la continuación al breve paseo por Oporto.

Algunas cosas que me llamaron la atención, a pesar de que varias ya las había vivido.

– Si aquí McDonald’s sacó una McIbérica con jamón serrano y tomate, allí tienen, ojo, la McBifana, que reproduce uno de los bocadillos típicos del país, la bifana. Y sí, fuimos a McDonald’s, era una hora muy rara y no podíamos pensar.

– En Portugal la ley antitabaco es muy particular. Parece, por lo que intuí, que son los propios establecimientos quiénes deciden si se puede fumar o no. Y, siendo fumador, diré que me parece un asco y que no recordaba esas arcadas que da la ropa post-bar y el pelo ahumado.

– Los portugueses, por ese carácter explorador y ese aislamiento geográfico, tienen un don de lenguas muy envidiable: no solo aprenden rápido (no doblan casi nada), sino que además la fonética de su idioma es riquísima en sonidos y les ayuda a tener unos acentos la mar de conseguidos. Yo iba con el portugués un poco oxidado, con intención de practicarlo y despertarlo, pero me olvidé de algo que ya me pasaba hace 11 años: a los portugueses les gustan todos los idiomas excepto el suyo. Si les hablas en portugués, su reacción es contestarte en tu idioma o, si no pillan de dónde eres, en inglés. Tal cual, aunque les preguntes la hora, te la dicen en inglés.

– Esto es muy cómodo como turista, ¿no? Porque esa es otra, la ciudad está más masificada que nunca. Antes se notaba cuándo era puente en España, porque es un destino perfecto para un finde largo y se puede ir en coche. Nosotros estuvimos en noviembre, de domingo a lunes, y estaba abarrotada. Una amiga de allí me confirmó que se está explotando la ciudad como destino turístico (imagino que como consecuencia de una crisis salvaje y un gobierno de derechas con necesidad de conseguir dinerito rápido).

– Lisboa, en definitiva, es una pasada.

El domingo llegamos mientras anochecía, y dedicamos la tarde y la noche a pasear por el centro. Una caminata larga que empezó en Marqués de Pombal. Bajamos toda la Avenida da Liberdade hasta la Praça do Comerço para llegar al ayuntamiento, que es muy bonito y está en la plaza más fea que estos ojos hayan visto. Unas horrorosas esculturas de metal pintadas de rojo que hacen daño. Subimos la Rua do Alecrim, que es una cosa loca, y nos pillamos unas Super Bock para bebérnoslas en el Miradouro de Santa Catarina ¡En Portugal se puede beber en la calle! Después paseíto por Bairro Alto, pontapé na cona en el Arroz Doce (un brebaje de cerveza negra, café y no sé qué más que es una pasada) y fin de noche en Portas Largas, que siempre fue el gaybar de allí, pero que es lo menos gaybar del mundo.

El lunes arrancamos en mi lugar favorito de la ciudad. La Fundação Calouste Gulbenkian es un complejo con dos museos, una biblioteca, un anfiteatro y una cafetería con un jardín en medio en el que entre árboles y plantas locas corretean patos. Hay un estanque grande y otros pequeños con peces. Allí va la gente a leer, a comer, a relajarse, a ver arte. Me pillaba al lado de la universidad y solía ir a tirarme al césped a leer o a la cafetería a comer. Fuimos a comer a un restaurante por la zona, sin pensar mucho. Una de las características más guays de Lisboa es que en cualquier sitio se come bien, es difícil equivocarse. Después bajamos hacia el centro cruzando los parques de Amália Rodrigues y de Eduardo VII, con unas vistas espectaculares. Paramos en la Estufa Fria, una especie de invernadero raro, maravilloso, con calor tropical y adornos entre las plantas. Merece la pena pagar la entrada, menos de 4 euros. Para ir a Bairro Alto decidimos hacer ruta alternativa y nos acercamos por Rato, que es una zona bastante noble, como de burguesía y oficinas, pasamos por Príncipe Real a merendar, vimos las vistas desde São Pedro de Alcântara y acabamos dando vueltas por Chiado. Para cenar, hicimos cena romántica en un barcito nuevo de Bairro Alto, el Bar Alto, donde comimos genial (y el staff fue majísimo).

El martes tocaba mercadillo. Si en Madrid hay Rastro y en Barcelona Els Encants, Lisboa se los come a los dos con patatas con Feira da Ladra, un mercadillo enorme, salvaje, que mezcla puestos de cemento con gente arrastrada por el suelo vendiendo prácticamente cualquier cosa. Para subir, lo suyo es coger el 28, ese tranvía mítico que sale en todas las fotos de la ciudad. Ahí vi el primer indicio de locura turística: estuvimos unos 40 minutos esperando para subir. Antes de ir a Feira da Ladra contemplamos la vista más grandiosa de la ciudad desde el Miradouro de Graça y comimos en un bar de la zona, otra vez espectacular. Nos tomamos la Super Bock de rigor en el mercadillo, donde también se puede visitar el Panteón Nacional (donde está enterrada Amália). Bajamos toda Alfama caminando, entramos en la catedral y, ya que teníamos el ritmo en el cuerpo y no estábamos cansados, anduvimos hasta Cais do Sodre para coger un ferry al otro lado del Tajo, a Cacilhas. Allí hay un bar, Ponto Final, que es una maravilla. Estaba cerrado, así que nos consolamos en el Atira-te ao Rio, donde nos tomamos un vinho verde en el ambiente más idílico que uno pueda imaginar: atardeciendo, con Lisboa enfrente, el río que ya es casi mar con olas, el puente 25 de Abril al lado… Una maravilla. Se nos hizo de noche y nos fuimos al hotel, derrotados, a dormir. Pero al final sacamos fuerzas para ir a Esplanada, el barcito de Príncipe Real en medio del parque.

El miércoles ya casi no nos quedaban lugares (dentro de lo planeado). Quedamos para desayunar con una amiga de allí, y nos llevó a donde van los portugueses ahora, a Intendente. Más o menos un barrio gentrificado, pero no demasiado. Básicamente, antes no se podía ir (en Portugal hay muchas pistolas) y ahora hay una zona, el Largo do Intendente, más o menos tranquila y segura y alternativa y medio moderna. Lo bueno es que los modernos no suben los precios en Portugal (en serio). Desayunamos en O Das Joanas, un bar al que volveríamos a cenar y a tomar cerveza. Un sitio que parece no cerrar de lo más agradable. Al lado está A Vida Portuguesa, una tienda de productos del país de la que todos allí parecen estar muy orgullosos. Es preciosa, la verdad, aunque con unos precios un poco fuera de órbita. Nos compramos un mapa de las estrellas. Una vez que nuestra amiga se fue, pusimos rumbo a otro must turístico: Belem. A las afueras de la ciudad, es conocida por sus pasteles, pero la zona es espectacular, con muchos parques, un centro cultural, un monasterio y la Torre de Belem, una cosa preciosísima. Comimos por ahí y bajamos la comida recorriéndolo todo. Tanto anduvimos, que nos volvió a entrar el hambre y nos zampamos 2 pasteles de Belem per cápita. Buff, es que es una cosa deliciosa. Y hay que comerlos allí, en la cafetería de Belem que los inventó. Volvimos al hotel a echarnos la siesta (y ver compulsivamente Nigella Kitchen, o, como lo llaman en Portugal, Nigellisima, nuestro nuevo show favorito) y volvimos a Intendente. Cenamos una bifana (con mejor pinta que la de McDonald’s), nos tomamos un par en O Das Joanas y tiramos para Casa Independente, que es una especie de edificio ocupado pero cuqui que tampoco pudimos explorar mucho porque cerró a las doce. Nos quedamos con las ganas de ir Damas, un sitio en Graça para salir por la noche del que me han hablado maravillas. Para la próxima. Como estábamos con ganas de más, nos fuimos a Bairro Alto, a Ze dos Bois, pero aquello estaba al borde de la muerte. Una birra y a casa.

 

El jueves era nuestro último día, y a pesar de querer tomárnoslo con calma, estuvimos caminando por ahí medio día. Como nos pillaba al lado del hotel, fuimos a ver la parada art-nouveau de Picoas, que es la única de este rollo en la ciudad. El Metro de Lisboa es muy guay, con las estaciones tuneadas y temáticas. La nuestra, Parque, era sobre descubrimientos, mapas, estrellas e Historia de Portugal con un rollo new age muy extraño. Decidimos que, como Intendente era ahora nuestro nuevo lugar favorito, iríamos andando hasta allí como si la ciudad fuera lisa, en línea recta. Así, suiendo y bajando cuestas y esquivando coches en callejuelas, cruzamos el barrio de Arroios, que es muy bonito. No lo conocía, porque en realidad no hay nada por allí más que vida de barrio: un hospital, tiendecitas, jóvenes jugando al baloncesto, cuestas, bares… Nuestro objetivo era probar la comida de O Das Joanas (sí, obsesión) y menos mal que lo hicimos: estaba riquísima y a unos precios que flipas. Y, apurando las últimas horas, aprovechando que aún había luz, decidimos cerrar el viaje como lo empezamos. Nos tomamos una cerveza en el Miradouro de Santa Catarina y caminamos Avenida da Liberdade hacia arriba, hasta el hotel, con parada técnica en la Cinemateca, que fue mi segundo hogar en mi temporada lisboeta. Jo, Lisboa, cómo te amo. Y qué ganas de volver. En verano, cuando sea.

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