Viaje a Bilbao

Uno no tiene dinero para hacerse grandes viajes, pero aprende a disfrutar de las pequeñas escapadas. No persigo hacer vacaciones de esas de desaparecer un mes y volver tostado y con una onda rara. Dado que, a pesar de soñar con Brasil, Santo Domingo, Chile, Argentina o México, solo puedo moverme cerca de casa, este año volví a Bilbao, la única ciudad de la Península Ibérica en la que viviría aparte de Madrid y Barcelona. Yo nací allí (en Barakaldo), aunque a los dos meses de vida me llevaron a Madrid y no conocí la ciudad hasta que tuve 16 años. Desde entonces, he vuelto muchas veces, casi siempre atraído por alguna  de las grandes expos del Guggenheim: Warhol, Rauschenberg, Murakami y, este año, Yoko Ono. Por supuesto, la exposición es una excusa para montarse el viaje: solo ocupa una mañana. Pasear por la ría, comer y admirar una ciudad injustamente eclipsada por Donosti. Esta vez no comimos apena pintxos. Nada más llegar nos comimos tres y tuvimos suficientes. Quizá sea la edad, quizá sea que en Barcelona empieza a haber una oferta similar, pero no nos parecieron nada del otro jueves y decidimos que el gasto no compensaba, así que solo los comimos para desayunar (esas tortillas rellenas… ¡ESAS TORTILLAS RELLENAS!).

Nos alojábamos en el barrio de San Frantzisko, que bautizamos como el Raval de allí. En la calle de al lado teníamos la tienda de ätakontu, esa marca maravillosa y artesanal que hace unos estampados alucinantes y que lo debería estar petando al máximo. Estuvimos en la tienda y ellos (Ibai y Sara) no pueden ser más majos. Nos aconsejaron un par de sitios para ir, nos informaron de que Santiago es día de fiesta en Bilbao (nosotros ni idea) y me dijeron dónde estaba el parque de Los Estudiosos, una de las cosas que no me quería perder. También nos informaron de la creación de ArtPack, una asociación de comercios de Bilbao que, ante la dejadez del Ayuntamiento frente al barrio, habían puesto en marcha hacía poco para darle vidilla a la cosa. Aparte de ätakontu, está la mítica Charada (que ahora también es galería de arte), Anti (librería), Espacio Suberviola (espacio de arte) y Mongolia (tienda de ropa). Muy interesante, se puede ver la info en su Facebook. Estuvimos en el Marzana tomando un algo, luego pasamos por el Baobab para ver a Juana Vanessa. El Baobab mola, tiene una carta de picoteo cortita y efectiva y cerveza Alhambra, huyendo de las imperantes Heineken y Amstel. El primer día caímos en que Euskadi no tiene su propia birra masiva. Aprovechamos la coyuntura y el lugar para tomarnos un kalimotxo, verdadera bebida local.

El viernes tocaba cultureo y paseos. Caminamos por la Gran Vía, que es imperial y hace de Bilbao una ciudad grande, y acabamos en la Alhóndiga, centro cultural imprescindible. No llegué a entrar en la exposición porque mis amigos pasaron un momento y me dijeron que estaba fatal, pero solo con ver la explanada de la entrada, con columnas diseñadas por  Philippe Starck, merece la pena. 43 columnas de estilos diferentes que llenan un espacio abierto. Otra de las cosas que me encantan es la piscina, cuyo suelo es transparente y se puede ver desde abajo. Una indiscreción muy fuerte. También, como no, la tienda. Y de ahí, al Guggenheim. La enorme retrospectiva de Yoko Ono es un ajuste de cuentas de la japonesa con aquellos que injustamente la conocen sólo como mujer de John Lennon. Y los que la acusan de separar a los Beatles (¿en serio?) y de vivir de las rentas. Ella también tiene rentas y una carrera artística bastante larga (unos 60 años) y completa: performances, pinturas, discos, libros… Yo caí en la venta de humo literalmente: podías comprar bolas de aire en una máquina de esas como de chicle metiendo 50cents. La exposición es interesantísima, con muchísimas obras participativas y la mar de entretenida. Un 10 por Yoko y un 10 por Bilbao y su súper museo. De ahí a comer, nos pusimos hasta las cartolas. Y, para bajar la comida, al parque. El dichoso parque. Chico y Chica posaron allí para la portada de Los Estudiosos y yo necesitaba verlo. Es el Parque de Doña Casilda Iturrizar, detrás del Museo de Bellas Artes de Bilbao. Enorme, urbano, con patos, niños, gente haciendo deporte y esa parte decadente de columnas y enredaderas, donde vimos a adolescentes furtivos y nos hicimos mil fotos.

Ea, pues la ciudad ya estaba hecha. Me quedé con las ganas de descubrir algún sitio. De hecho, siempre voy con la intención de coger el ascensor ese que sube al parque de Etxebarría y nunca lo hago. Y esta vez no fue menos. Una razón más para volver. El sábado lo dedicamos a la playa. Alquilamos unos coches y tiramos para lo más salvaje que encontramos, Meñakoz. Tan salvaje, que no había ni socorristas ni ningún tipo de servicios. La playa es de rocas y entrar al mar se hace casi imposible para personas torpes como yo. algunos nos agobiamos y convencimos a los no agobiados para ir a otro sitio. Un señor muy majo nos había recomendado Gorliz, pero al final acabamos en Barrika. Para llegar, hay que bajar unas escaleras eternas y cruzar unas rocas endiabladas, pero mereció mucho la pena. Estuvimos a lo nuestro, tranquilos, nos bañamos entre olas y nos pusimos morenos. Eso sí, tuvimos que huir pronto porque la marea subía y empezaba a tapar las rocas para salir. Vimos que los vascos eran más atrevidos y se quedaban un rato más, pero nos dio miedo y nos fuimos. Abrasados por el sol, pusimos rumbo a Bermeo, con parada en San Juan de Gaztelugatxe, un paraje impresionante. Una iglesia en medio del mar, con una pasarela para acceder, que nosotros vimos desde un mirador, que no teníamos cuerpo de más escaleras. Y Bermeo, otra preciosidad. El puerto es como cualquier puerto bonito, me recordó al viaje al País Vasco francés de hace un par de años. Más paseos, más cañas, algún pintxo y vuelta a la ciudad.

Una de las cosas que me sorprenden de Bilbao es que en verano muere un poco. Incluso su discoteca más molona, Fever, cierra durante estos meses. Y se nota: es un lugar divertidísimo por la noche y no encontramos nuestro lugar, por los sitios cerrados, la poca gente por las calles… creo que la razón es que las fiestas populares son bastante grandes y la gente prefiere irse a pueblos y a barrios a salir que hacer lo de siempre. Hace dos años estuvimos en las de Barakaldo y las de Santurtzi y pudimos comprobar que son masivas. Así que por ese lado nos dejó un poco mochados, sin planes nocturnos. El domingo ya tocaba marcharse, pero con la mente puesta en aprovechar cada minuto nos cogimos el metro hasta Algorta. El puerto viejo es una preciosidad y yo no había visto a El Sireno de Getxo, protagonista de algunas noticias hace unos meses.

Uhm, pensaba hacer una entrada de fotos y tal, pero al final me ha salido un texto larguísimo. Bilbao me flipa, y a pesar de que no ha sido la vez que mejor, está claro que seguiré volviendo, disfrutándola, añorándola. Una ciudad súper recomendable, moderna, peculiar y con unos ciudadanos majísimos (y, a qué negarlo, muy divertidos para el foráneo, ¡vaya acento más guay!)

 

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