Estocolmo

He estado de vacaciones y, aunque ya han terminado, mi cabeza sigue pasando de todo, pensando en no poner el despertador ni en ir a la compra, en dedicar el día a la NADA más absoluta y a beber cervezas a deshora. Pero creo que va siendo hora de volver a retomar la actividad normal (todo lo normal que la actividad puede ser en agosto) y lo voy a hacer poco a poco, ligero, con cositas un poco banales para tomar contacto y recuperar la rabia y la pluma.

Nada mejor para estas intenciones veraniegas que un repaso a mis vacaciones. Creo que serán las únicas del verano (si uno piensa que las vacaciones son irse de viaje) y han estado muy bien. El plan ya estaba claro desde 2014, cuando Santi e Isak nos anunciaron que se casaban y que, además, lo hacían en la ciudad donde se conocieron, Estocolmo. Hace 5 años, cuando Santi vivía allí, yo me había quedado en paro (todavía estaba en Madrid, en casa de mamá) y tenía mucho tiempo libre, un finiquito que sin ser alucinante era suficiente y ninguna carga de las de ahora (alquiler, facturas, estrés laboral), así que a última hora (tal cual, lo compré un domingo por la noche y me planté en Estocolmo el lunes por la tarde) me cogí un avión y pasé 8 días allí con varios amigos que ya tenían planificado el viaje desde hacía tiempo. En aquel viaje me pasó una cosa muy común: lo de generarte unas expectativas tan altas que al final acaba toda más o menos en decepción.

Por aquellos días yo era un fan declarado de la socialdemocracia (holi, voté a Zapatero en 2008, me sigo fustigando) y tenía bastante idealizada a la sociedad sueca, porque, todavía hoy, es innegable su atractivo a ojos del sureño, con esa gente feliz, bella, justa y rica que han construido un sistema en el que parece que no hay excluidos. También es innegable que, mirando datos oficiales, la gente cobra bien, tienen unos servicios públicos y una ayudas sociales que muchos querríamos para España y que se lo han  En aquel viaje, en verano de 2010, las cosas cambiaron. Me di cuenta de que hay que renunciar a cosas bastante guays para vivir así (a la protesta, al desafío a las normas, a pensar diferente, a decir una palabra más alta que la otra), que hay que obedecer sin rechistar y ser educadísimo 24/7 para que todo funcione como un reloj y que, sin embargo, la cosa no funcionaba para todos y había grandes puntos de hipocresía y falta de sensibilidad. Esto no es un análisis sesudo, ni mucho menos, pues está basado en experiencias personales y en sensaciones que he tenido, pero según pude ver y según lo que me contaban algunos locales, a lo que he añadido algunas lecturas y un interés medio por el país, la cosa del Estado del Bienestar en Suecia tiene algunos recovecos oscuros que desde fuera jamás veremos. No los veremos porque es un país pequeño, con una reputación intachable y que puede controlar perfectamente la imagen que proyecta. Un par de ejemplos de estos claroscuros se pueden leer aquí y aquí. También me ha venido a la cabeza estos días la idea de que para ser rico y estar bien es más que probable que otros tengan que sufrir (a escala mundial, pensemos en el éxito de las empresas más conocidas de allí, basado en los precios bajos y la manufactura en Asia).

Tengo que agradecerle a ese viaje (y a los que hice ese mismo verano de la libertad, Nueva York y Oporto) que me abriera los ojos a poner en cuestión las cosas que daba por hechas, que me dejara claro lo sencillo que resulta dejarse seducir por el brillo. Todo sea dicho, esos 8 días en Estocolmo tuvieron sus luces y sus sombras, pero me lo pasé bien, disfruté de paseos por una ciudad impecable (limpia, ordenada, sin estridencias), bicicleteé lo más grande y nos hizo buen tiempo. Además, rodeado de amigos me lo paso bien en Estocolmo, en Las Rozas o donde se tercie. Sin embargo, me quedó un regusto raro y, cuando me subí al avión de vuelta, me dije a mí mismo que no volvería a esa ciudad.

Pero claro… ¡Santi se casa! Santi es mi amigo más antiguo, junto a Marta. Nos conocemos desde los tres años. Así que cuando nos dijo que se casaba en Estocolmo no me lo pensé ni un segundo. La boda, como todas las bodas, fue divertidísima, nunca había estado rodeado de tantos amigos, conseguí hacer un discurso sin ponerme nervioso, vi a Sara y a Elena que llevaba SIGLOS sin verlas… Todo genial. El resto de días se agradecieron también, pues pudimos huir del caloret de Barcelona, ponernos mangas largas y recordar lo que es una buena lluvia. Y ahora, creo que sí, no volveré a Estocolmo. Dos veces han sido suficientes. La he encontrado muy parecida, sin sorpresas, pero más cara (aún). Dejo unas fotos hechas con el móvil, que era mi intención inicial en vez de este texto amargo sin finalidad. Cabe aclarar que en Estocolmo celebran el Orgullo a finales de julio y la ciudad se llena, se abarrota, de banderas arcoíris. Como bien apuntó mi novio, vimos más banderas arcoíris (incontables) que de la Unión Europea (dos en cinco días). Un datito que esconde bastante detrás, ¿no?.

 

Metro de Estocolmo ❤️

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Comments
One Response to “Estocolmo”
  1. JuananDraper dice:

    He estado este verano en Estocolmo también y me he traído la misma sensación que tú de la ciudad: todo muy limpio, ordenado, ideal, pero solo en superficie. En algunos momentos me parecía simplemente un decorado magnífico, pero algo muerto. Poco después, aterricé en Oslo, la hermana fea de Estocolmo, pero igualmente cara y limpia. Pero con una diferencia: Oslo me pareció viva, llena de una alegría que Estocolmo no tiene. También son amables 24/7 pero no por obligación: encontré a los noruegos simpáticos, abiertos y que disfrutan más de la vida y de una ciudad que no es tan bella pero que al menos te ofrece mayor calidez humana.

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