Donde no me llaman: La Experiencia Personal

En tiempos en los que toda opinión es válida, en los que los trolls campan a sus anchas, en los que cerrar los comentarios de una entrada/noticia/artículo de opinión es algo visto como el colmo de la cobardía y la mala praxis, en los que Twitter se ha convertido en no una más sino en la principal fuente de información, en los que el caos es el protagonista, creo que no está de más reflexionar un poco sobre cómo emitimos esas opiniones.

Una de las cosas que más rabia me da es leer comentarios y opiniones que niegan realidades o intentan confirmar la existencia de mundos irreales basándose única y exclusivamente en las experiencias personales. La experiencia propia está genial, es algo natural y valiosísimo. Pero ese valor, por lo general, vive dentro de los límites de la propia vida. Es decir, aquello de no tropezar dos veces con la misma piedra, saber cómo actuar basándonos en ocasiones parecidas que nos hayan ocurrido anteriormente, o incluso echando mano de experiencias de personas cercanas, que conocemos, aun sabiendo que no serán aplicables 100% a nuestra realidad.

Sin embargo, la reacción que parece más extendida es la de leer algo y pensar que es falso o que está sesgado porque a nosotros no nos pasa o no conocemos esa realidad. El clásico “no, porque YO…”. Se usan mucho para defenderse del machismo endémico, por ejemplo. Y para negar toda realidad que nos sea incómoda y, sobre todo, desconocida. Lo que no sabemos no existe, lo que no hemos experimentado es ficción, lo que sale en los medios es cosa de cuatro gatos. Si hago caso a mi propia realidad de hombre blanco criado en los senos de la clase media alta, y la extrapolo al mundo en general, saco algunas conclusiones (los números son aproximados, como buena opinión lanzada al tuntún):

El 70% de la población es homosexual.

– El 99% ha terminado la educación secundaria y entre un 80% y un 90% tiene estudios universitarios. Esto hace que las clases baja y media baja desaparezcan del espectro.

– La tasa de paro es del 5% (como mucho).

– Un 70% habla con fluidez al menos otra lengua aparte de la materna.

– La violencia machista no existe.

– Todos los adultos se han ido o se irán de vacaciones en 2014. Al menos una vez.

– El 95% tiene conexión a internet en casa. Y la cifra es similar respecto a los que poseen un smartphone. El 100% tiene una cuenta de e-mail. 

El alquiler es la opción mayoritaria frente a la compra. No hay nadie desahuciado.

– Nadie necesita ayuda de un banco de alimentos.

Un 90% vota a opciones de izquierda (considerando, ejem, que el PSOE sea de izquierdas, que NO). El PP es un partido más que minoritario, probablemente no consiga representación en el Parlamento.

– Y así, ad infinitum.

Cuando uno añade delante de cualquiera de estos datos un “casi todo el mundo” o similar, pierde toda razón y contribuye a la creación de mitos (desde las denuncias falsas por malos tratos al hembrismo o al racismo inverso o a los brotes verdes o a ESPAÑA VA BIEN). Un poco de responsabilidad individual y grupal no nos vendría nada mal par aportar algo de cordura al debate, además de que nos serviría para potenciar la solidaridad y la empatía. Porque cuando alguien te rebate con algo que no te esperas, la reacción debería ser escuchar y aprender (siempre que se pueda, claro) y no cerrarse en banda y abrazarse a lo que uno ya conoce. Derribar nuestros propios límites, reconocer, identificar y desafiar al privilegio, leer, atender, aprender y no ofenderse a la mínima de cambio, por muy difícil que parezca (que lo es), es más gratificante que la comodidad de nuestras vidas aburridas y frívolas.

 

Ea.

 

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  2. […] – Los blogueros de televisión no entienden por qué El Ministerio del Tiempo no es un súper hit. Bueno, sí que lo entienden, después de reflexionar: resulta que sus timelines están llenos de fans y creían que sus timelines eran LA VIDA. Algo más general conté hace unos meses en una entrada llamada La Experiencia Personal.  […]

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